Aprender a consolar: cómo preparar nuestro corazón.

Nadie aprende a consolar desde arriba o desde la distancia; el consuelo nace de la horizontalidad, de sabernos todos frágiles y necesitados de amparo.

En nuestra entrada del blog anterior inauguramos una serie de publicaciones que tenían como tema central aprender a consolar al que sufre. En un mundo donde la soledad no deseada crece cada día, dar y recibir consuelo se ha convertido en un bien de primera necesidad y en una de las principales obras de Caridad. Como la Iglesia nos viene insistiendo actualmente, no es necesario ser psicólogo para desarrollar adecuadamente esta habilidad, todos tenemos capacidades innatas para aliviar el sufrimiento, algo que, sin duda, se puede aprender y mejorar.

En el día de hoy, pondremos el foco en ciertas disposiciones internas que a veces nos dificultan dar consuelo y esperanza sinceros, haciendo más difícil que el otro se sienta aliviado. Este es un tema muy extenso, por lo que aquí tan solo compartiré algunos apuntes, para que cada uno pueda seguir profundizando.

AUTOCONOCIMIENTO Y SANACIÓN DE NUESTRAS PROPIAS HERIDAS

Como hemos visto, ser conscientes de nuestros propios sufrimientos y limitaciones es el mejor punto de partida para preparar nuestro corazón. Recordamos que desde la fe cristiana

El amor al prójimo presupone siempre el amor a uno mismo. Mateo 22, 36-40

1.Miedo a las emociones o falta de conocimiento de las mismas.

Algunas filosofías y ciertos carismas cristianos mal entendidos nos pueden conducir a la represión o negación de nuestros propios sentimientos. Sin darnos cuenta, esta forma de vivir los afectos, puede desembocar en el rechazo, la minimización o la deformación del propio dolor y del ajeno, lo que en vez de ayudar puede ahondar el daño. Mirar nuestro propio sufrimiento con compasión, ponerle cara y nombre no siempre es sencillo, sobre todo si no hemos aprendido.

Algunas preguntas que nos pueden ir ayudando:

  • ¿Qué suelo hacer con mis dolores y tristezas: tiendo a esconderlos o a minimizarlos bajo la idea de que «hay que aguantarlo todo» o por miedo a ser juzgado?
  • ¿Siento a veces la presión de mostrarme siempre alegre o resignado, como si estar triste o sentir dolor fuera una falta o un pecado?
  • Cuando me duele el alma… ¿me doy el permiso de llorar y sufrir, o me obligo a pasar rápidamente página?

2.Heridas profundas no trabajadas.

Sin duda alguna esto es uno de los puntos más difíciles de abarcar. A menudo nosotros también tenemos duelos y circunstancias personales que nadie nos ha ayudado a superar y que, sin darnos cuenta, podemos proyectar en los demás. Para tener compasión con otros lo mejor es aprender a tenerla con nosotros mismos.

Preguntas para reflexionar sobre nuestras heridas:

¿Caigo a veces en la trampa de creer que la fe es una especie de «curación mágica», esperando que Dios borre mis heridas sin yo hacer el proceso natural ni recibir ayuda o consuelo de los demás?

¿Hay algún dolor o duelo en mi vida del que evito hablar o recordar porque siento que todavía me escuece demasiado?

Cuando escucho el sufrimiento de otra persona, ¿siento que su historia me desborda o me enfada porque toca una fibra sensible de mi propio pasado?

¿Me permito tener compasión conmigo mismo por las cosas que todavía me duelen, o me exijo estar «ya curado»?

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